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Proyecto Casa Propia

Projet Propre Maison

Project Own House

Manuela G Romo

Ciudad de México

I Pocos meses después de que iniciara la pandemia, decidí retomar virtualmente las clases que con anterioridad daba personalmente. Después de la adrenalina inicial de adaptar mi método de enseñanza a los espacios/espejos virtuales y de aprender a negociar con la intransigente monofocalidad de la cámara, comencé a notar cambios en mi forma de sentir los espacios. La reunión había terminado, la cámara y el micrófono de mi computadora estaban apagados, pero seguía sintiendo que alguien escuchaba mis pasos y observaba mis movimientos... Procuraba ignorar esta sensación y continuaba con mi día, hasta que la sensación se iba, pero era cuestión de tiempo para que volviese a sentir esa presencia extraña en mi taller, en mi casa... II El confinamiento me obligó a mirar hacia adentro: mirarme para vigilar mi salud, mirar el refri (pues salir a comer dejó de ser una opción) y estar pendiente de que no se vacíe, mirar los cajones, los libreros, mirar mi casa. Poco a poco ese mirar hacia adentro se volcó no sólo en mí misma, sino en lxs otrxs. La desaceleración del cotidiano me permitió escribir a amigxs, familia, estrechar lazos que ya existían y generar nuevos. Poco a poco las videollamadas se volvieron la mejor opción para platicar, juntas de trabajo, visitas de estudio, charlas, fiestas... Acompañando la imagen de mis seres queridos, encontré también sus espacios, sus contextos. III Un amigo decidió defender a Narciso un día, dijo que era injusto que se le tachase de vanidoso, pues lo que le encantaba a Narciso no era el hecho de ver solo su imagen, sino de ver su imagen en un contexto, como un marco o un espejo. La pantalla se convirtió entonces en ese marco/espejo, en esa ventana/puerta, en esa forma de mirar hacia dentro y hacia fuera... Quizá esa presencia que siento es yo misma, reflejada en un contexto... De pronto todos nos volvimos Narcisos. IV Una de las teorías que más me gusta sobre la pintura de las cavernas es la que sostiene su función ritual, la danza eterna de los caballos, osos y demás animales que tanto nos maravillan; funcionaban como un talismán mágico, dotando a las comunidades humanas del poder de cazar. El pintar/dibujar o en otras palabras el enunciar aquello que les era ajeno y peligroso, les permitía asirlo, humanizarlo y controlarlo para sobrevivir. V Llego temprano a la "reunión", enciendo la cámara (en la virtualidad, la puntualidad toma un cariz enrarecido e incómodo) veo mi imagen, el cabello, los ojos, el espacio, mi espacio. Al mirarlo a través de la pantalla toma un carácter ajeno, esos objetos a los que estoy tan acostumbrada toman un protagonismo extraño, me levanto y los acomodo, los guardo, los escondo... De pronto mi casa empieza a ser menos como la Habitación propia de Woolf y se transforma en la Casa tomada de Cortázar. Enunciarla es resistir, es mirarla de nuevo y volverla propia.

Inauguración

Opening

  • Bienvenido al chat. Mientras dure la transmisión en vivo, puedes preguntar o comentar lo que desees al artista o a los curadores.
  • Casa propia

    Own house

    Propre maison

    Tener una habitación propia se ha convertido en una idea, para muchas ya no es una realidad material. Lo que tenemos de manera cotidiana es más bien una habitación propia temporal pero que se extiende el tiempo que sea necesario (que podamos rentarlo). Mi habitación, con mi cama individual, mis fotos de niña, mis bocetos, el papel que coloco en la ventana en lo que reparo las cortinas. Saber la medida de mi cuerpo en relación con el espacio me hace sentir segura. 8 bloques de escalones apilados son los que tengo que subir para entrar al departamento. 10 pasos son los que necesito para entrar a mi habitación. Necesito menos de 4 pasos para desplazarme en este espacio que podría recorrer a ojos cerrados. Mensualmente me pago estos metros cuadrados de amor propio. Me sostengo (y soy sostenida) aún en medio del fin del mundo. Me tengo.

    Escribir en ochocientos caracteres. Confinamiento. La necesidad de respirar nunca se sintió más agotadora. El cuerpo se contrae, el tiempo se desplaza. Entre paredes oscilas. Pensar más, pensar menos: Horror vacui. La vanidad perdió, la autenticidad gano. La ropa se empolva, los espejos no se han roto. De la tradición oral a historias instantáneas, Mandar reacciones: mirar a los ojos. Hábito, habito, habitó. ¿Habitamos el cuerpo o los espacios? ¿El cuerpo habita o habitamos el cuerpo? Selfies, Horror vacui. Los espejos no se han roto. Miedo a escribir, Al frio de los dientes, Al miedo (pretextos para no hacer las cosas). Escribir el silencio en soledad.

    Mi espacio favorito me acompaña a todas partes, yo no lo habito, él me habita, pero para entrar debo tocar la puerta. En ese espacio el tiempo a veces es eterno y otras se diluye. En ese espacio la vorágine me hace transitar por un laberinto oscuro y disruptivo del cual trato de huir y generalmente lo logro. Otras, me lleva por un desierto silencioso donde la naturaleza es brillante, percibo a los otros y me encuentro conmigo misma. Mi espacio favorito es mi cuerpo, que es mi casa, mi calabozo, mi telescopio, mi cielo, un río que me transforma y es mi hogar.

    El lugar en el que vivo es sencillo en su apariencia y costumbres, silencioso y verde, muy verde pues al ser una zona rural aún hay campos que arar y milpas que cosechar. Un contraste entre la tierra amarilla del campo y el gris del asfalto es bastante visible en algunos lugares de mi pueblito amado, vacas aquí y borregos un poco más allá; gallinas en el corral y conejos enjaulados es lo que abunda en este pueblo de paso. Pero lo verdaderamente mágico son los dos colosos que descansan a las espaldas de mi casa, los volcanes Popocatépetl e Iztaccihuatl.

    Ventanas de mi cuarto, de mi cuarto de uno de los millones del mundo. Mi cuarto, iluminado sólo por las luces de la vida fuera de ellos. Mostrándome sólo lo que unos momentos fugaces me permiten ver. Pero lo que veo es maravilloso, ojalá la vista fuera eterna. Yo sigo dependiendo del que pasa afuera e ilumina mi cuarto con su propia luz. Aprovecho los resquicios de iluminación que entra por ellas, para tomar papel y lápiz. Y poder describir lo que experimento, pero nadie lo ve. Y en las orillas de la resignación, tomo un último aliento de algo que cualquiera podría llamar valentía, pero yo sólo pensaba que era la mayor estupidez en mi vida. Lo intento, y lo logro. Las luces se encienden y veo mi desastre interior y disfruto de la belleza dentro del caos, porque la otra alternativa, es la oscuridad.

    No sé cómo empezar este breve recorrido de lo que ha sido mi infancia. Aquel latido profano, aquella blasfemia que es la vida. Estas dos décadas, casi tres, casi cuatro, atrapadas en el lamento de una casa pequeña. Pero no tan pequeña: vio morir un cuerpo joven y apesadumbrado. Fue la primera vez que grité. Otros seis la abandonaron. Dos siguen aquí; cargan su propia pesadez cuando suben esos tres metros de escaleras que conducen al segundo piso de un edificio viejo y corroído, agrietado, rugoso, amarillento, ¿o verdoso? Amarillento y verdoso. Y con pretensión de albura interior. ¿Como yo? Como todos. No de vacío, no, siempre hay algo en la blancura. Primero hubo un bodegón. No en la mesa, en la pared. Nunca hubo fresas: siempre uvas, manzanas, peras. En un juego camaleónico con el sol, se convirtieron, una década después, casi dos, casi tres, en un campo de fresas para siempre, pero en inglés.

    Esta casa no tiene puerta Apenas una ventana en la esquina superior derecha (...) Adentro: polvo acumulado entre las esquinas. (...) El calor que emana huele a melancolía, todo lo humedece y poco a poco sin darse cuenta lo pudre. El pasado se ha trasminado entre las paredes, todo lo dobla, lo tuerce en extrañas formas. Gota tras gota, recuerdo tras recuerdo ha ido oxidando cada tubería, su corazón también. (...) Empaques vacíos de dulces y cigarrillos, efigies del laberinto de la ansiedad y el monótono ruido del despertador que nunca deja de anunciar la misma hora 2:22 p.m. Ropa vieja extraviada entre las esquinas, hogar de extrañas criaturas que residen en ellas. (...) Esta casa no tiene puerta, quizás por ello nunca encontró una salida.

    Mis dedos no pueden quitar la sábana de mi cara, entumecidos como están, solo puedo ver el color azul. Cuando puedo liberar mi cara, empiezo a sentarme, a voltearme sola, a gatear al borde de la cama, sin lastimar a mi hermana que apenas ha nacido. Cuando llego al borde, mis piernas crecen para alcanzar el piso y puedo dar mis primeros pasos. Volteo al cielo y el techo está muy lejos de mí, y las paredes azules parecen que nunca acaban, mis protectoras. Me tambaleo en el centro del piso, mirando al frente, mi hermana y yo somos niñas, y mientras recorro las otras paredes, veo como hemos crecido a través de dibujos y fotos. Camino hacia el escritorio donde pasaré mi día, a un lado, los libros que pensé que me ayudaban a entender el mundo, y detrás el murmullo de una casa que empieza a vivir.

    Mi casa se ha ido llenando de cosas. Desde hace 5 años vivo aquí. Vine con mi ex novia y mi gato. Ella trajo su cama, libros y sus cosas. Luego se lo llevó todo pero me quedó el gusto por las plantas. Cuando se fue, recordé el día en que nos mudamos de mi primera casa: mi padre estaba sentado en las cajas de la mudanza, en silencio en un lugar ahora vacío que rebotaba su silencio. Lo que tengo aquí lo he traído yo, y viendo la saturación, quisiera iniciar cada cuando casas nuevas, a ver qué resultado dan nuevas combinaciones. Vaciarme y reinventarme. La economía no da para tanto. En cambio, me agrada la idea de hacer memoria con los objetos.

    Habito en un departamento al que solo me puedo referir como completo, es un lugar que dónde la comida no falta, un lugar donde el descanso abunda (...). Parece que los que habitan ahí son invencibles, el departamento los hace sentir seguros, sus claras paredes los separan de los lugares que no saben habitar (...)A veces lo veo como un laberinto donde a cada quién le toca un acertijo, el mío es muy claro y fácil de atravesar, sin embargo algo que no pertenece al laberinto me sigue reteniendo a él, a veces lo llamo amor y otras lo llamo deuda.

    Me rodean paredes pintadas de verde, antaño vibrantes y limpias, hoy manchadas y devoradas por la humedad, impregnadas del sentimiento de lo familiar y que me aíslan de discusiones y problemas que conmigo nada tienen que ver; clavado en una de ellas hay un cuadro, un hombre mirando al vacío, tan grande como el mundo fuera de mis paredes. Sobre el piso de losa ya agrietada y sin brillo se alza un ropero de madera, negro como la noche, que a sus antiguos dueños ha sobrevivido, dentro guarda mis objetos más valiosos, mis libros y recuerdos de un tiempo ya distante. (...) ¿Qué más puedo decir de mi morada? Es humilde sin duda, pero la compañía de estas paredes y mi gato es todo lo que necesito.

    Qué puedo decir de dicho lugar... Me gustaría decir que es muy bonito y espacioso, pero estaría mintiendo. Solo cuenta con dos habitaciones, un espacio para la cocina, tan pequeña que cuando compramos la lavadora fue una partida de Tetris para saber dónde acomodarla; porque no se podía quedar en ese pasillo con puerta que se hace llamar baño. Pero al menos es más grande que el lugar anterior en el que vivía, donde el olor a drenaje y la violencia intrafamiliar atravesaban las paredes (...) Al menos ahora tengo un bonito balcón.

    Las paredes están llenas de objetos, que si bien no están ni organizadas ni desorganizadas, tienen una coherencia que solo a mí me parecen pertenecer al mismo universo. Fuera hay más silencios incómodos que esquinas, pero dentro de estas esquinas hay unos pocos menos que solo pasan a través de las paredes con vibraciones ahogadas. Dentro no está desordenado ni apelmazado, solo busca transgredir la estética y los cánones de diseño de interiores. Es imposible que mas de un cuarto de lo que hay aquí sea comercialmente vendible, pero está lleno de valores.

    El lugar que habito, lo habitó antes un viejo yo, que en su momento se creyó nuevo pensando en el viejo él. Esas paredes rojas las quiero tirar y que el edificio se derrumbe. Este departamento con aspecto de caverna. Ese foco que parpadea y mis ojos que interceptan los fotones. Habito también este cuerpo. Habito también esta mente. Habito en los ojos de ella. Mi hábito, pensarla siempre.

    Un gigante solitario anda por el tiempo. Su cuerpo irregular existe en el segundo piso de una casa. Se para sobre la cocina mientras por los agujeros de la ventana traslucen colores invisibles: jamaica, milanesas y papas hervidas. Al mirar, el cielo de cemento sube y baja sobre un corte trazado en diagonal que une sus mitades de esquina a esquina. Muros imaginarios se concretan en esqueletos de metal. Las figuras en los relieves cambian a merced del pensamiento; entre ellas habitan rostros, palabras, olas y toda clase de seres abstractos. Muchas veces he intentado seguir sus quimeras, pero sus espacios imaginarios enredan a mi mente en un laberinto. Me pierdo, me encuentro y no me encuentro. Un gigante corre y se queda quieto.

    ¿Qué en mi espacio puedo expresar afecto? Tengo una piñata colgando en mi habitación, un plato a medio llenar con cereales y a mi mascota -que brinda calor- a un costado, he pintado las paredes de ese tono morado que me gusta y poco a poco lleno mi estantería con libros diversos. Y todo aquello con un único propósito, llenar mi soledad, porque en eso se resume mi espacio, estoy yo, y los placebos que he comprado para inventar algo de satisfacción. Pero extendiéndome un poco más allá de mis cuatro paredes, también habito en cada calle por la que camino diario para ir al trabajo y habito en la sala virtual de las clases de mi universidad; y puedo decir que me gustan los detalles, como pasar diario por ese semáforo descompuesto o pasar de mi barrio con perros callejeros al de mi trabajo, donde se modelan razas exóticas. Sé que tengo cariño por mi espacio porque no me imagino un día sin pasar por esas calles.

    La naturaleza invade a la buena o la mala nuestro espacio, la enredadera se hace de los problemas de cada uno de los integrantes de la familia y los sedimenta entre las raíces y la pintura con humedad. Las coronas de cristo son los guardianes de esta red de problemas y de soluciones de la familia. La primera impresión cuenta y la casa se revela con una obra, con un magnífico felino, de mis favoritos o de mis predilectos, quizá porque este cuadro nos ha acompañado en todos nuestros hogares, en todos nuestros camiones de mudanza. También porque la primera impresión cuenta, la mesa está a la inmediatez de la entrada, dispuesta a acoger, a dar pan y a dar juicios o regañizas. El incienso (a veces de sándalo o de café) sazona mi cuarto, antes lo hacía también la reverberación de mis instrumentos en estas tres paredes y en este armario incrustado en mi cuarta pared. También en mi cuarto está la obra de genios paisanos, o de artesanos veracruzanos. Lo tengo todo en mi cuarto, tengo lo suficiente, una puerta para privacidad, un lugar para la creatividad, un piano y saxofón para la libertad.

    Mi cueva es la mejor que existe en este mundo, se trata de un lugar que consta con todo lo necesario para no salir de ella más que por comida o baño se trate. Aquí tengo todo lo necesario para vivir en cuarentena, cuento con una pequeña tele de pantalla plana donde conecto mi laptop y veo videos, y para mis clases un Full HD 4K, gracias al poder del internet tercermundista. Mi librero, perfecto para para almacenar todo mi arsenal de hojas de carpetas en donde los deberes no paran. Cuento además con una bocina que uso para molestar a todos en la casa con mis canciones hippies y de repente algún podcast. Tengo algunas mancuernas que no suelo usar, pues siento que el ejercicio en casa no es muy lo mío, mis paredes son de un color azul de tono fuerte que recuerdan a una prisión. Mis pares de zapatos están deteriorados y un clóset abarrotado de ropa vieja. Así es mi búnker.

    Un cuarto mediano con una ventana que mira hacia el horizonte de las plantas. A veces si todo sale bien, desde mi silla puedo escuchar el canto y cortejo de los grillos. Todo es efímero una vez que entras, todo transcurre y nada para. Dicen que si apagas las luces puedes alcanzar a observar detenidamente los insectos que alguna vez estuvieron. La cama, mi cama es rara, paso el mayor tiempo en ella, pero siento como si no pasara nada. La silla donde tomo clases es el lugar donde menos paso tiempo, sin embargo ahí es donde siento que más me encuentro.

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    Proyecto Casa propia propone reflexionar sobre la posibilidad ritual de la enunciación/representación como una manera de asir y recuperar los espacios que habitamos. Consta de dos momentos: en su inicio busca generar un archivo de descripciones afectivas de los espacios que habitamos; posteriormente, los textos serán interpretados/intervenidos/retomados a través de distintas salidas plásticas y visuales por Manuela G. Romo. Las imágenes resultantes y los textos (o fragmentos) serán mostradas en el espacio virtual de PARED durante el mes de enero del 2021. Los fragmentos de los textos publicados en la exposición pueden ser anónimos a elección de sus creadorxs. Si te interesa participar en Proyecto Casa propia, envía una breve descripción afectiva (máximo 800 caracteres con espacios) del espacio donde habitas a p.casa.propia@gmail.com a partir del 15 de diciembre y en el transcurso del mes de enero. La idea del proyecto es retomar tantas descripciones afectivas como sea posible; sin embargo, por cuestiones de tiempo, no podemos comprometernos a trabajar con todas.

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    Translations/traducción // Text review/revisión de textos
    Gala Anaya Vázquez, Beatriz Marrodán

    Social Media / Redes
    Fernando Victoria